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Cuenca, la ciudad donde todavía se teje a mano

Una marca que se llama Artesanos de Viajes tiene una obligación con los oficios de verdad. Cuenca es el lugar donde fui a ver de cerca cómo se sostiene uno.

Fui en octubre de 2023, invitado a Remote, una feria dedicada a destinos que tienen todo para ser grandes y todavía no están en el radar. Tiene una regla de admisión que dice mucho: la sede debe estar, como mínimo, a dos vuelos de distancia. Ese año le tocó a Cuenca.

En mi caso fueron tres. Ámsterdam a Bogotá, Bogotá a Quito, Quito a Cuenca. No sabía qué esperar, era mi primera vez en Ecuador, y llegué sin ninguna imagen previa de la ciudad. Eso resultó ser una ventaja.

Una ciudad pequeña que funciona

Cuenca es andina y se siente familiar para un colombiano: la altura, la luz, el trato. Pero tiene un orden y una escala propios.

El casco histórico es Patrimonio de la Humanidad y se camina entero. El clima se mantiene amable todo el año, sin la humedad de la costa ni el frío cortante de Quito. Hay restaurantes buenos, bares pequeños donde tomarse una copa sin ruido, y suficiente vida nocturna para que la ciudad no se apague a las nueve.

Es, en resumen, una ciudad donde se está bien sin esfuerzo. Eso no es poco y casi nunca aparece en los folletos, que prefieren hablar de iglesias.

Pero no es por eso que vale el viaje.

El sombrero: cuatro meses de trabajo en un objeto que cabe doblado

Lo primero que hay que aclarar, porque casi todo el mundo lo dice mal, es de qué sombrero estamos hablando.

El sombrero de paja toquilla es ecuatoriano. Se llama Panama hat en el resto del mundo por un accidente comercial: se fabricaba en Ecuador, se exportaba vía Panamá, y el mundo lo bautizó por el puerto de salida en lugar de por el de origen. Theodore Roosevelt se hizo fotografiar con uno en las obras del canal en 1906 y el malentendido quedó sellado para siempre.

La fibra sale de una palma, la Carludovica palmata, que crece en tierra caliente. Los tejidos más finos del mundo salen de Montecristi y Jipijapa, en la costa; Cuenca es el centro donde el oficio se convirtió en industria sin dejar de ser oficio. En 2012 la UNESCO declaró el tejido tradicional del sombrero ecuatoriano Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Fuimos al taller del sombrerero más reconocido de Cuenca y ahí es donde el destino deja de ser turístico y se vuelve otra cosa. Ves de dónde sale la paja, cómo se blanquea, cómo se teje. Entiendes por qué hay sombreros de cuarenta dólares y sombreros de dos mil: la diferencia está en el número de vueltas por pulgada, y un ejemplar superfino puede tomarle meses a una sola persona.

Compré dos, uno para mí y otro para mi papá. El de él le encantó, que era la prueba real.

Y aquí va el dato práctico: comprarlo en el taller, en Cuenca, cuesta una fracción de lo que cuesta el mismo sombrero en una tienda de Madrid o Nueva York. No porque sea más barato, sino porque no hay cinco intermediarios entre el tejedor y tú.

La macana, que es la pieza que de verdad me sorprendió

A las afueras de Cuenca, en Gualaceo, hay familias que siguen tejiendo la macana con la técnica del ikat.

Vale la pena entender qué significa eso, porque explica por qué es extraordinario. En el ikat el dibujo no se pinta sobre la tela terminada: se amarra hilo por hilo antes de teñir. Las partes anudadas resisten el tinte y conservan su color. El tejedor tiene que saber, mientras amarra un hilo suelto, exactamente qué flor o qué animal va a aparecer cuando todo se monte en el telar. Es planear un dibujo al revés y a ciegas.

Los tintes salen de plantas y de semillas, incluida la pepa del aguacate. Los telares y las herramientas son de nogal y de arrayán, hechos a mano y heredados.

Se entra a la casa, se ve a la familia trabajando, y el oficio se explica solo.

Sobre lo que significa la macana en Ecuador basta con dos datos: el artesano José Jiménez le entregó una pieza a la reina Sofía de España en 2014, y el papa Francisco usó una casulla de macana en la misa que dio en Quito en 2015. No es artesanía de recuerdo. Es el textil que el país saca cuando quiere mostrarse.

Por qué esto es un asunto de Lienzo y no una postal

Nos llamamos Artesanos de Viajes. Es una metáfora hasta que uno se para frente a alguien que lleva cuarenta años perfeccionando un nudo, y entonces se vuelve una vara de medir incómoda.

Lo que hace valioso a Cuenca no es que tenga artesanías. Todos los destinos andinos tienen artesanías. Es que aquí todavía se puede entrar al taller, ver el proceso completo, hablar con quien lo hace y salir con una pieza cuya historia conoces entera. Eso está desapareciendo en el mundo a una velocidad que no se nota hasta que ya pasó.

Un viaje que te pone dentro de ese taller no es más caro que uno que te deja en la tienda de recuerdos. Es mejor porque alguien se tomó el trabajo de gestionarlo.

Cómo lo construimos nosotros

Cuenca no es un viaje en sí mismo y no debe venderse como tal. Es la pieza que le da cuerpo a un Ecuador que, sin ella, se queda en Quito y Galápagos.

La ruta que armamos en Lienzo y en Turismo al Vuelo, y que llevamos años vendiendo con muy buenos resultados, es esta:

Quito para el centro colonial y la altura. Cuenca para los oficios y la escala humana. Después el trayecto por tierra hasta Guayaquil, que es la parte que nadie espera y que todo el mundo termina destacando: se sube al páramo del Cajas, sobre los cuatro mil metros, entre lagunas y neblina, y se baja hasta el trópico en unas pocas horas. Es uno de esos trayectos donde el camino es el plan. Y desde Guayaquil, Galápagos.

Cuatro piezas, cuatro pisos térmicos, un solo país. Es un itinerario que se sostiene solo y que casi nadie ofrece completo, porque exige coordinar tierra y aire en lugar de encadenar vuelos.

Ecuador tiene además una ventaja que conviene decir en voz alta: no es un destino costoso. Y otra vez, eso no lo hace menor. Un viaje bien diseñado en Ecuador deja mejores recuerdos que uno mal diseñado en cualquier parte. Lo que cuesta no es el país, es el criterio con el que se arma.

El mismo criterio aplica en otros destinos: en Cáceres son los palacios construidos con oro de América; en la costa vasca, las mesas y la brasa. Cambia el lugar, no la manera de armarlo.

Si estás pensando en Ecuador y quieres algo más que Quito y Galápagos, conversemos. Diseñamos cada itinerario desde cero, a la medida de quien lo va a vivir.

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